Manuel de Falla decide, en 1920, abandonar el ajetreo de la vida madrileña para refugiarse en Granada. “Se fue a Granada –escribirá más tarde Juan Ramón Jiménez– por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad”.
En 1921 alquila el carmen de la Antequeruela Alta, situado en uno de esos lugares recónditos y privilegiados que tan celosamente guarda aquella ciudad. Dando la espalda a la Alhambra, a la izquierda el perfil de la sierra y frente a él, a sus pies: la vega.
Hasta aquí subían, casi a diario, en respetuosa peregrinación, un grupo de inquietos y jóvenes músicos: Andrés Segovia, Manuel Jofré y Federico García Lorca, al que Falla admiraba especialmente por su forma de interpretar a Chopin. Ellos, junto a Miguel Cerón, fueron los que lograron canalizar las preocupaciones del maestro Falla sobre el peligro de desaparición del auténtico y puro “cante jondo”.
Y así nació el Primer Concurso de Cante Jondo que auspiciado por el Centro Artístico y Literario de la ciudad y miserablemente subvencionado por el Ayuntamiento iba a tener lugar en el Mirador de San Nicolás del Albaicín durante las Fiestas del Corpus del año 1922. Finalmente se trasladó el escenario a la Plaza de los Aljibes en plena Alhambra, teniendo como invitado de honor al pintor Zuloaga, que no sólo dirigió al grupo de artistas que configuraron la escenografía, sino que aportó un premio extraordinario de 1.000 pesetas para el mejor “cantaor”. El pintor jiennense Manuel Ángeles Ortiz diseñó el cartel y la presentación corrió a cargo de Ramón Gómez de la Serna, quien mas tarde escribiría: “Cuando vi la magnitud de la noche y todo un pueblo bravo y flamenco congregado en la plaza de los Aljibes de la Alhambra, me sentí la víctima que desaparece entre los engranajes de la fábrica, y que es como la apropiación y el holocausto a la alta misión de la gran empresa”. Entre los asistentes, Santiago Rusiñol, Fernando de los Ríos, Edgar Neville y los músicos Joaquín Turina, Óscar Esplá y Ángel Barrios.
El Circulo Artístico publicó un folleto titulado: “El Cante Jondo (Cante Primitivo Andaluz)” y como subtítulo: “Sus orígenes. Sus valores musicales. Su influencia en el arte musical europeo”, en el que no figura su autor, aunque años más tarde, en 1950, se incluirá en el libro de Manuel de Falla, “Escritos sobre música y músicos”. En él Falla escribe: “Se da el nombre de cante jondo a un grupo de canciones andaluzas cuyo tipo genuino creemos reconocer en la llamada siguiriya gitana, de la que proceden otras, aún conservadas por el pueblo y que, como los polos, martinetes y soleares, guardan altísimas cualidades que las hacen distinguir dentro del gran grupo formado por los cantos que el vulgo llama flamencos”.
El concurso convocado para todos los cantaores de ambos sexos, excluidos los profesionales, tuvo como jurado a Don Antonio Chacón (“El Gran Payo” como le llamaban los gitanos), Pastora Pavón “La Niña de los Peines” y Manuel Torre “El Niño de Jerez”. El Premio de Honor quedó desierto y el Primer Premio de cante, el Premio Zuloaga, se le otorgó a Diego Bermudez “El Tío Tenazas”, peculiar personaje con más de setenta años, medio ciego y gran bebedor con un pulmón destrozado por la puñalada de una reyerta; vecino de Lucena había tardado tres días en llegar andando desde Puente Genil. Otro premio de 1.000 pesetas fue para un niño de once años, natural de Sevilla de nombre Manolo, pero conocido como “El Caracol”. Como final de fiesta, don Antonio Chacón cantó unas medias granadinas que como dicen las crónicas, ...hicieron temblar al Misterio: “¡Viva Graná que es mi tierra, / viva el puente del Genil, / la Virgen de las Angustias, la Alhambra y el Albaicín!”

Granada en 1972

En 1972 el carmen de la Antequeruela Alta era tan solo la sombra de un recuerdo, la breve figura del Maestro Falla había escogido el exilio voluntario en el año 39, ante el fundado temor de que viniesen años peores. La palabra Lorca seguía siendo tabú. Sin embargo, durante las fiestas del Corpus de aquel año, el periódico “Ideal”, tuvo el valor de recordar el cincuentenario del mítico Concurso de Cante Jondo. A través de sus páginas supimos muchos de nosotros la lejana aventura por la reivindicación del cante jondo y el nombre de sus protagonistas. Durante casi un mes el periódico fue publicando, a modo de folletón, el libro inédito “El cante según Jofré” en cuyas páginas se recogían toda la teoría de aquella fuerza expresiva que había puesto música de fondo a toda nuestra infancia y adolescencia. Por aquellos días la peña “La Platería” tuvo sus mejores momentos. Recuerdo especialmente la noche de Curro de Utrera porque cuando entonó la media granaína: “¡Viva Graná que es mi tierra...!, no solo hizo temblar el Misterio, sino que todos creímos ver a don Antonio Chacón y sentirnos protagonistas de aquel momento mágico que debió ser la noche del patio de los Aljibes.

Los asistentes al Concurso en una caricatura de la época.

RECUADRO

Edgar Neville y el flamenco

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Acaba de aparecer en librerías la obra de Edgar Neville, “Flamenco y cante jondo” reedición preparada por José María Goicoechea, basada en la publicada en 1963 por la Librería Anticuaria El Guadalhorce, pero enriquecida ahora con una extensa introducción que trata de mostrarnos la infinidad de registros de un personaje como Neville. Él fue uno de los asistentes al mítico Concurso de Cante Jondo del año 22 que nos narra en estas páginas en las que a la vez nos muestra su gran conocimiento y sensibilidad ante el cante. Ya lo demostró en aquella rareza documental rodada en 1952, “Duende y misterio del flamenco”
“El flamenco no fue un espectáculo, ni nació para ser un espectáculo: era la forma de expresión de un pueblo más bien inarticulado, eran los poemas que decían a gritos de llanto unos analfabetos que no podían expresarse de otra manera, eran los lamentos de amor de un tosco primitivo que apenas sabe hablar pero que al recibir la herida se expresa de este modo”. Así describe Neville un cante que descubrió gracias a Lorca, que le recomendó Granada porque allí era más fácil aprobar ciertas asignaturas de la carrera.

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