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La otra generación del 27

por Vicente Alberto Serrano

 

  La imagen de un grupo de poetas sobre el estrado del salón de actos del Ateneo de Sevilla, repetida hasta la saciedad en los libros de texto, ha formado –junto con la pintura de Solana que retrata la tertulia de Ramón en el café del Pombo– parte sustancial de la iconografía de nuestra historia literaria más reciente.
Desde 1925 aproximadamente, hasta la fatídica fecha del verano del 36 se fue conformando en España un renovador grupo de intelectuales, escritores, artistas plásticos, músicos y arquitectos. Al compacto conjunto de poetas que formaron parte de esa Generación de la República, se les acabó denominando “del 27” al tomar como marca el año en que algunos de ellos se reunieron en el Ateneo de Sevilla para homenajear a Góngora. Sin embargo aquella imagen emblemática está incompleta, no solo porque falten Aleixandre, Salinas, Cernuda, Prados o Altolaguirre, sino porque esa generación literaria, epílogo de la llamada Edad de Plata, fue mucho más numerosa; también estaba enriquecida por novelistas y dramaturgos hoy sistemáticamente ninguneados.

Dos fotos, dos actitudes

Evoco la imagen del grupo porque en mi juventud, cada vez que me la encontraba por los manuales de literatura, me formulaba la misma pregunta ¿Cómo aquellos señores tan mayores, encorbatados y rancios podían ser los autores de muchos de los versos que nos abrieron los sentidos y nos hicieron amar la poesía?. Con el tiempo, y haciendo cuentas, descubrí que ninguno de ellos, en aquel momento, alcanzaba los treinta años. Achaqué entonces ese aire funeral en todos ellos tal vez a la solemnidad del sitio o a la rigidez que infieren las autoridades a cualquier acto cultural. ¿Son siempre tan tristes los poetas?
José López Rubio en todo momento se empeñó en defender que existía otra generación del 27. En su discurso de ingreso en la Real Academia, en 1983, dio cuenta de ella y explicó extensamente que la formaban él mismo, junto con sus amigos Tono, Edgar Neville, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura. La generación de los humoristas que encontraron en el teatro, y algunos posteriormente en el cine, su medio de expresión y que sin embargo han permanecido eclipsados y casi olvidados por ese prejuicio crítico de considerar el humor un género menor, al margen de cuestiones no tan sutiles. El Centro de Documentación Teatral publicó el pasado año La otra generación del 27, de José López Rubio. El volumen con edición, introducción y notas de José Mª Torrijos, contiene el citado discurso de López Rubio, la contestación de Lázaro Carreter, un epistolario inédito de aquellos autores y un amplio álbum fotográfico. A él pertenece la foto que reproducimos. Tampoco están todos los que son, pero aquí Góngora se ha convertido en Stan Laurel y Oliver Hardy y el Ateneo de Sevilla en los estudios de la Fox en California.

A la conquista de Hollywood

Todo un símbolo, una actitud del talante de este compacto grupo que a comienzos de los años treinta se lanzó a la conquista de Hollywood. La irrupción del cine sonoro creó la necesidad de buscar dialoguistas para las versiones dobladas al castellano de cara al amplio mercado hispano, incluso guionistas para acometer argumentos al gusto latino. Edgar Neville fue el primero en desembarcar, en 1928, en aquella insólita aventura californiana, después fue tirando de todos y cada uno de sus amigos, y a excepción de Miguel Mihura que no se atrevió a cruzar el Atlántico por motivos de salud, todos arribaron a los estudios de la Fox y de la Metro: Tono, Jardiel y López Rubio, junto con Eduardo Ugarte, el dramaturgo Martínez Sierra, su compañera la actriz Catalina Bárcena y otros actores como Julio Peña y Rosita Díaz e incluso Luis Buñuel que trató de buscar, sin éxito, porvenir para sus películas. Aquellos lúdicos y maravillosos años quedaron fielmente reflejados en una serie de fotos que por ejemplo nos muestran a Buñuel y el matrimonio Tono en la piscina de Chaplin, a López Rubio en una partida de tenis con Georgia Hale, la protagonista de La quimera del oro o a Edgar Neville haciendo juegos de equilibrio con Douglas Fairbanks. Una estética moderna en sus formas de vestir y tan refrescante en sus actitudes que parecía haberlos trasladado no solo a miles de kilómetros sino también a otro entorno más feliz que el sobrio salón del Ateneo sevillano.

Eloísa está debajo de un almendro

Más tarde todos regresaron y despertaron del breve sueño americano con la terrible crudeza de un país al borde de la guerra civil. Después un negro paréntesis de casi tres años arrasó también toda esperanza de convertirnos en un pueblo limpio, noble, culto, rico, libre, despierto y feliz. Malos tiempos para la lírica y también para el humor; para unos la muerte o el exilio, para otros el desgarro del exilio interior. Todo el grupo se quedó de este lado, con el bando vencedor, y durante muchos años fueron trampeando a la censura y al poder con un “cinismo” que sin lugar a dudas adquirieron en Hollywood.
En mayo de 1940 Enrique Jardiel Poncela estrena en el Teatro de la Comedia de Madrid Eloísa está debajo de un almendro, su obra más genial. El extenso prólogo con el que se abre la función transcurre en un cine de barrio de sesión continua, todo un nostálgico homenaje a aquellos años ya lejanos y casi diluidos en la memoria como un sueño. Más tarde Mihura estrenará Tres sombreros de copa, Edgar Neville El baile, López Rubio Celos del Aire y todos ellos confluyen con Tono en las páginas de“La Codorniz”, dirigida por Miguel Mihura. “La revista más audaz para el lector más inteligente”, arriesgada oferta para un país en el que pocos años antes un legionario mutilado había gritado en la Universidad de Salamanca ante la presencia de Unamuno. “¡Viva la muerte!, ¡Muera la inteligencia!”
Sin embargo sobrevivió la inteligencia del humor y hoy un paseo por las obras de aquellos locos que en los años treinta se lanzaron a la aventura de conquistar Hollywood, nos seguirán arrancando la sonrisa, a veces con ese particular toque de teatro del absurdo y otras con ese lirismo que tal vez aprendieron en La quimera del oro o en Luces de la ciudad.

Pie de foto: Eduardo Ugarte, José López Rubio y Jardiel Poncela con Stan Laurel y Oliver Hardy en Hollywood (1934). (Archivo: José Mª Torrijos)

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